La casa profane con mi lascivia,
la sangre derramé. Fui el hijo prodigo.
Encendida pantera de la Libia
se alzo mi corazon. Mi orgullo, codigo.
El mundo atravese como un Atlante
cargado con las odres del pecado,
y con la vida puesta en cada instante
hice rodar la vida como un dado.
Altivo en el dolor, siempre secreta
tuve mi pena. La encendida furia
de Eros me paso con su saeta,
y mi melancolia fue lujuria.
Lleve sobre los ojos una venda,
dando sangre una herida en el costado,
y en los hombros la capa de leyenda
con que va a sus concilios el Malvado.
Y quise despertar las negras ayes
que duermen en el fondo del abismo,
y sobre el mar, en zozobrantes naves,
ser bello como un rojo cataclismo.
De sangriento laurel alce una rama,
con el iris del tigre en la pupila,
y dio, doncel, mi corazon su llama
con el estrago barbaro de Atila.
Fui luzbeliano. En la contraria suerte
dicto el orgullo su sonrisa al labio,
mire la vida hermana de la muerte
y tuve al sonreir arte de sabio.

Rosa del Paraiso
Esta emocion divina es de la infancia,
cuando felices el camino andamos
y todo se disuelve en la fragancia
de un Domingo de Ramos.
El campo verde de una tinta tierna,
los montes mitos de amatista opaca,
la esfera de cristal como una eterna
voz de estrellas. ¡Un idolo la vaca!
Aladas sombras en la gracia intacta
del ocaso poblaron los senderos,
y contemplo la luna, estupefacta,
el paso de los blancos mensajeros.
Negros pastores, quietos en los tolmos,
adivinan la hora en las estrellas.
Cantan todas las hojas de los olmos,
la mano azul del viento va entre ellas.
El agua por las hierbas mueve olores
de frescos paraisos terrenales,
las fuentes quietas oyen a las flores
celestes, conversar en sus cristales.
Con reflejos azules y ligeros
el mar cantaba su odisea remota,
gentil de luces bajo los luceros
que a los bajeles dicen la derrota.
Mi bajel, en el claro de la luna,
navegaba impulsado por la brisa,
sobre ocultos caminos de fortuna.
Era el cielo cristal, canto y sonrisa!
Con el ritmo que vuelan las estrellas
acordaba su ritmo la resaca,
y peregrina en las doradas huellas
fue sobre el mar una nocturna vaca.
En mi ardor infantil no cupo el miedo,
la vaca vino a mi, de luz dorada,
y en sus ojos enormes, con el dedo
quise tocar la claridad sagrada.
Ramon Maria del Valle Inclan

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