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Está bien que se mida con la duraSe parecen los dos: la imponderable Sombra diurna y el curso irrevocable Del agua que prosigue su camino. Otra substancia halló, suave y pesada, Que parece haber sido imaginada Para medir el tiempo de los muertos. De los grabados de los diccionarios, La pieza que los grises anticuarios Relegarán al mundo ceniciento Inerme, del borroso telescopio, Del sándalo mordido por el opio Del polvo, del azar y de la nada. Y tétrico instrumento que acompaña En la diestra del dios a la guadaña Y cuyas líneas repitió Durero? Deja caer la cautelosa arena, Oro gradual que se desprende y llena El cóncavo cristal de su universo. Arena que resbala y que declina Y, a punto de caer, se arremolina Con una prisa que es del todo humana. E infinita es la historia de la arena; Así, bajo tus dichas o tu pena, La invulnerable eternidad se abisma. Yo me desangro, no el cristal. El rito De decantar la arena es infinito Y con la arena se nos va la vida. Sentir el tiempo cosmico: la historia Que encierra en sus espejos la memoria O que ha disuelto el magico Leteo. Cartago y Roma y su apretada guerra, Simón Mago, los siete pies de tierra Que el rey sajón ofrece al rey noruego, cosa que un sueño dirigido. Jorge Luis Borges Una Rosa y Milton, Poema de los Dones, Arte Poetica, Los Espejos, La Luna |
