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Nadie rebaje a lágrima o reprochea unos ojos sin luz, que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños los insensatos párrafos que ceden. les prodiga sus libros infinitos, arduos como los arduos manuscritos que perecieron en Alejandría. muere un rey entre fuentes y jardines; yo fatigo sin rumbo los confines de esta alta y honda biblioteca ciega. y el Occidente, siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías brindan los muros, pero inútilmente. exploro con el báculo indeciso, yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca. con la palabra azar, rige estas cosas; otro ya recibió en otras borrosas tardes los muchos libros y la sombra. suelo sentir con vago horror sagrado que soy el otro, el muerto, que habrá dado los mismos pasos en los mismos días. de un yo plural y de una sola sombra? ¿Qué importa la palabra que me nombra si es indiviso y uno el anatema? mundo que se deforma y que se apaga en una pálida ceniza vaga que se parece al sueño y al olvido. Jorge Luis Borges |
