Mujer Con Alcuza
Poemas de Damaso Alonso

Boda Gris, Cuerpo de Mujer, Desnuda y Con Sombrilla, Desnuda,
Noche de Ronda, Monstruos, Postales Musicales de Amor



Mujer Con Alcuza Poemas de Damaso Alonso

Adonde va esa mujer, arrastrandose por la acera, ahora que ya es casi de noche, con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve. Yo no se que es mas gris, si el acero frio de sus ojos, si el gris desvaido de ese con el que se envuelve el cuello y la cabeza, o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies, desgastando suela, desgastando losa, pero llevada por un terror oscuro, por una voluntad de esquivar algo horrible.

Si, estamos equivocados. Esta mujer no avanza por la acera de esta ciudad, esta mujer va por un campo yerto, entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes, y tristes caballones, de humana dimension, de tierra removida, de tierra que ya no cabe en el hoyo de donde se saco, entre abismales pozos sombrios, y turbias simas subitas, llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

O si, la conozco. Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren, en un tren muy largo; ha viajado durante muchos dias y durante muchas noches: unas veces nevaba y hacia mucho frio, otras veces lucia el sol y sacudia el viento arbustos juveniles en los campos en donde incesantemente estallan extranas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado, mareada por el ruido de la conversacion, por el traqueteo de las ruedas y por el humo, por el olor a nicotina rancia. O!: noches y dias, dias y noches, noches y dias, dias y noches, y muchos, muchos dias, y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando en tantas estaciones diferentes, que ella no sabe con exactitud ni como se llamaban, ni los sitios, ni las epocas.

Ella recuerda solo que en todas hacia frio, que en todas estaba oscuro, y que al partir, al arrancar el tren ha comprendido siempre cuan bestial es el topetazo de la injusticia absoluta, ha sentido siempre una tristeza que era como un ciempies monstruoso que le colgara de la mejilla, como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma, como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegria infantil en la fiesta del pueblo, como si le arrancaran los dias azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesion que llamamos vivir. Pero las lugubres estaciones se alejaban, y ella se asomaba frenetica a las ventanillas, gritando y retorciendose, solo para ver alejarse en la infinita llanura eso, una solitaria estacion, un lugar senalado en las tres dimensiones del gran espacio cosmico por una cruz bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido, si, ha dormitado en la sombra, arrullada por un fondo de lejanas conversaciones, por gritos ahogados y empanadas risas, como de gentes que hablaran a traves de mantas bien espesas, solo rasgadas de improviso por lloros de ninos que se despiertan mojados a la media noche, o por cortantes chillidos de mozas a las que en los tuneles les pellizcan las nalgas, aun mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y dias, si, muchos dias, y muchas noches. Siempre parando en estaciones diferentes, siempre con una ansia turbia, de bajar ella tambien, de quedarse ella tambien, ay, para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada, para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

No ha sabido como. Su sueno era cada vez mas profundo, iban cesando, casi habian cesado por fin los ruidos a su alrededor: solo alguna vez una risa como un punal que brilla un instante en las sombras, algun cuchillo como un limon agrio que pone amarilla un momento la noche. Y luego nada. Solo la velocidad, solo el traqueteo de maderas y hierro del tren, solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche, y estaba sola, y ha mirado a su alrededor, y estaba sola, y ha comenzado a correr por los pasillos del tren, de un vagon a otro, y estaba sola, y ha buscado al revisor, a los mozos del tren, a algun empleado, a algun mendigo que viajara oculto bajo un asiento, y estaba sola, y ha gritado en la oscuridad, y estaba sola, y ha preguntado en la oscuri quien conducia, quien movia aquel horrible tren. Y no le ha contestado nadie, porque estaba sola, porque estaba sola. Y ha seguido dias y dias, loca, frenetica, en el enorme tren vacio, donde no va nadie, que no conduce nadie.

Y esa es la terrible, la estupida fuerza sin pupilas, que aun hace que esa mujer avance y avance por la acera, desgastando la suela de sus viejos zapatones, desgastando las losas, entre zanjas abiertas a un lado y otro, entre caballones de tierra, de dos metros de longitud, con ese tamano preciso de nuestra ternura de cuerpos humanos. Ah, por eso esa mujer avanza en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza, abriendo con amor el aire, abriendolo con delicadeza exquisita, como si caminara surcando un trigal en granazon, si, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces, de cercanas cruces, de cruces lejanas.

Ella, en este crepusculo que cada vez se ensombrece mas, se inclina, va curvada como un signo de interrogacion, con la espina dorsal arqueada sobre el suelo. Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera, como si se asomara por la ventanilla de un tren, al ver alejarse la estacion anonima en que se debia haber quedado? Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro sus recuerdos de tierra en putrefaccion, y se le tensan tirantes cables invisibles desde sus tumbas diseminadas? O es que como esos almendros que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta, conserva aun en el invierno el tierno vicio, guarda aun el dulce alabe de la cargazon y de la compania, en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pajaros?
Damaso Alonso

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