

Dos Cadáveres
Enfrente de esos dos muertos
delante de un pedir perdón
con la cara de la miseria
las uñas enterradas en la carne propia
y un sol creando los gusanos de castigo.
Yo maté a esos dos,
les soplé por sobre un monte.
de donde siempre los vigilaba.
Mas soy homicida y no ladrón,
es por eso que quizás debiera gritar
o siquiera balbucear el perdón
(los ladrones deben exigirlo).
Ya sus huesos se dejan notar;
en uno quiere aparecer el musgo,
los ojos están desinflados
quizás por el calor.
¿Podrá ser el espanto?
No puedo enterrarlos.
se defienden como los gatos
cuando los llevan a alguna oscura caja,
las garras son las costillas
y la fiereza mi temor.
Enfrente de esos dos cadáveres,
que se van a empolvar solos,
solos, sin tierra que los ayude.
Y ahora me voy,
con los dientes hechos arena
de tanto apretar,
pensando: Yo maté a mi madre y a mi padre;
¿es válido pedir perdón?
Fernando Nachón

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